Mónica Rodríguez: “La única forma de cambiar la realidad es conociéndola y a los niños hay que hablarles de todo”

monica rodriguez

A finales de agosto Madrid sigue vacía. No tiene el bullicio que la caracteriza. El ritmo frenético de la gente. El ruido atronador de los coches.

Madrid en agosto es la ciudad deseada por los madrileños.

Y en una de esas tardes conocí a Mónica Rodríguez, último Premio Cervantes Chico. Una física que dejó apartada su carrera hace casi diez años para dedicarse a lo que realmente le ilusionaba, escribir. Pocos pueden hacer eso y ella sabe la suerte que tiene: “He encontrado muchos tréboles de cuatro hojas, pero también porque los he buscado”.

Mónica es alegre, llena de vitalidad. A un paso de cumplir los cincuenta años, sus ojos claros buscan historias que la sigan llenando de vida por dentro. Una escritora con cuarenta obras publicadas y con multitud de premios a sus espaldas. Premios que la han permitido poder seguir escribiendo todos estos años.  Porque si es difícil que un escritor viva de su obra, ya no os cuento nada de los valientes que se dedican a la Literatura Infantil y Juvenil. Esa es una profesión de vocación. Aunque muchos la descubran y puedan dedicarse a ella a mitad o a lo largo de su vida. ¿Cuándo lo descubrió ella?

“No fue de un día para otro. Desde que era pequeña me gustaba leer y empecé a escribir en el instituto con la poesía y luego mientras estudiada y trabajaba. Y hubo un momento en el que empecé a derivar al cuento, para decirles cosas a mis amigos que no me atrevía a decirles de otra manera. Y eso me llevó al cuento infantil.”

“El mundo de los niños siempre me gustó mucho, con esa mirada tan limpia. Y también el de los adolescentes, que están en un momento muy importante en su vida. Tuve la suerte de conocer a Gonzalo Moure a través de un amigo. Le empecé a mandar mis primeros textos y él fue el que me animó a que siguiera escribiendo. Y gracias a él me lo empecé a tomar más en serio.”

La chispa de la escritura

Durante el año 2009, Mónica recibe una herencia por la casa familiar en Oviedo. Ese es punto de partida de su vida como escritora. El “ahora o nunca”. Y así empieza su nueva vida. Ese año pidió una excedencia, que en principio iba a ser de dos años, pero que ya va para más. (Y, entre nosotros, ojalá dure mucho más.)

Quedamos en un restaurante-cafetería en plena plaza de Cascorro, La China Mandarina, un lugar discreto, acogedor para un escritor. Bien lo saben Esther García y Adolfo Serra, autores de los cuentos de “Filipo y Leo”. Mónica se los encontró por casualidad allí, un día que paseaba, quizás pensando en la protagonista de “Alma y la isla”, o puede que buscando el barco en el que viajaría Daniel Kurka. O, simplemente, un día que iba a recoger a sus tres hijas al colegio.

la china mandarina
“La China Mandarina”, en el barrio de Cascorro

Su primer libro lo publicó en el año 2003, “Marta y el hada Margarita”, el mismo año que nació su primera hija. Un libro infantil con ilustraciones de una joven y primeriza ilustradora Mónica Carretero. Las dos se lanzaron al mundo de la literatura de la mano y les fue bien. Esos primeros libros “son muy diferentes a lo que he hecho luego. Noto mucho que he ido evolucionando y, sobre todo, en estos últimos nueve años que he cogido oficio”, explica Mónica. Porque cuando dejó el Ciemat, el centro de investagicones donde trabajaba, empezó una carrera completamente distinta. Ella se levantaba, llevaba a las niñas al colegio y escribía como mínimo cinco horas y leía dos. “Me costó mucho convencer a gente de mi alrededor de que yo no había dejado de trabajar, sino que había cambiado de trabajo”.

Y así empezó a convertirse en realidad “la necesidad” que nació en Mónica durante sus años de instituto, de carrera. Cuando comenzó a amar la poesía y a descubrir que “ahí, en esas palabras, se encontraba algo de lo que a mí me estaba pasando”. Y se puso a escribir. “Es mi forma de pensar. De darle vueltas a las cosas, de ordenar la realidad, de hacerme preguntas. De decir algo de tu mirada al mundo.”

Y así Mónica ha escrito sobre la adolescencia en “Biografía de un cuerpo”, Premio Angular 2018; sobre la inmigración en “Alma y la isla”, Premio Anaya 2016; sobre Nikola Tesla en “El asombroso legado de Daniel Kurka o El secreto de Nikola Tesla”, finalista del Premio Angular 2015; sobre el acoso escolar en “Si yo fuera un pingüino”, un libro que publicará en 2019 o sobre los distintos dioses en “El viaje de Malka”, una historia que saldrá publicada en septiembre por una editorial mexicana, El Naranjo, porque ninguna española se ha atrevido a publicarla.

La historia  de Alma

Mónica lleva en el bolso un libro de Patxi Zubizarreta que habla de la inmigración. Un tema que convive con nosotros desde hace mucho tiempo y del que quiso hablar. “Me dolía este tema y quería indagar un poco más en ello y mi forma de hacerlo es escribiendo. Quería que fuera un libro infantil, que los lectores, no los únicos pero sí los principales, fueron los niños porque tienen que saber lo que está sucediendo en el mundo. Además ellos lo demandan. La única forma de cambiar la realidad es conociéndola y yo creo que a los niños hay que hablarles de todo, otra forma es cómo se lo cuentes. No se les puede engañar.”

La semilla ya estaba puesta, solo faltaba la historia que la hiciese realidad y leyendo y trabajando, la encontró.

“Un día, leyendo un artículo de Amnistía Internacional, hablaban de Lampedusa, una isla italiana muy pequeña frente a la costa de Libia donde llegan inmigrantes y muchas veces son los propios pescadores los que los acogen en su casa, sobre todo cuando son niños. Y contaba la historia de un pescador que había acogido a dos niños y que tenía sus propios niños. Y de pronto vi ahí, en esa relación, dónde estaba la historia. Ya  sentía el alma de la historia. Sufrí mucho escribiéndola, hice el viaje con Alma, pero también aprendí mucho. Creo que empatizo mucho más desde que escribí el libro con todas estas personas. Y les sucede también a los niños.” En sus charlas en colegios o en bibliotecas hay niños que la han abrazado después de leer su libro. “Los niños son muy agradecidos y sinceros. No tienen ningún tipo de filtro, con lo cual si les gusta te lo hacen notar.”

Nikola Tesla

Cuando hice la reseña de “El asombroso legado de Daniel Kurka o El secreto de Nikola Tesla” estaba deseando conocer la historia de este libro. Gracias a la entrevista, he tenido la oportunidad de saber que Mónica trabajó dos años en él, “me costó mucho por la documentación y la corrección”.

Cuando uno se pone a leer la aventura de Daniel Kurka, siente, literalmente, que ha viajado al Nueva York de los años 40. Que se ha montado en el “Serpa Pinto” y que ha estado delante de Nikola Tesla. “Siempre tenía a ese personaje ahí. Entonces descubrí los papeles secretos de sus inventos y que el FBI fueron los primeros en entrar en la habitación cuando murió Tesla y dije: “aquí hay una historia brutal.” Empezó el trabajo de documentación, de leer biografías, de buscar los datos que más se parecieran a lo que ella quería contar y así nació la increíble historia que todos, mayores y jóvenes, deberían leer.

Mónica no sabe nunca cómo va a acabar uno de sus libros. En ella nace una chispa, algo que la interesa, que le apasiona, que le duele. Empieza a indagar hasta que encuentra su historia. Crea sus personajes, les da vida y ellos le llevan por caminos que ni ella misma conoce. Por eso hay veces que el trabajo de escribir es arduo. “Es complicado que todo encaje como un puzzle y tienes que volver atrás y corregir.”

Y así han nacido sus cuarenta libros. Pero, ¿de cuál guarda un recuerdo más especial? Preguntarle esto a un escritor es como preguntarle a una madre que elija entre uno de sus hijos. De todos guarda un gran recuerdo. Pero, por ejemplo, “Biografía de un cuerpo”, ganador del Premio Gran Angular 2018, es un libro muy especial.

“Lo escribí por la necesidad entender a mi hija mayor, que está en el conservatorio de danza desde los ocho años con una exigencia brutal y en plena adolescencia. Quería meterme en la cabeza de esos adolescentes que trabajaban con su propio cuerpo y hasta qué punto les produce ese sacrificio y ese sufrimiento y si les compensa en hacerlo en esas edades. Entendí muchas cosas de Marta y le dije muchas cosas que no podía decirle de otra manera. Lo escribí y en ningún momento sabía si iría a algún lado más allá de a donde me estaba llevando a mí.” Y sí. Le ha llevado hasta premios que le permitirán escribir varios años más y a nosotros descubrir sus próximas historias.

¿Los premios son la recompensa de un trabajo o la mecha que te anima a seguir escribiendo?

“Son una recompensa, un premio a un esfuerzo. Es mi modo de vida. No vendo lo suficiente para no depender de los premios. Y eso que los premios son adelanto de derechos de autor que luego no cobras de ese libro hasta que se venda una barbaridad. Pero es un dinero que me dan de golpe y me organizo.”

¿Con los premios se vende más?

“Sí, pero no con todos. También depende de si la editorial los mueve o no y si funcionan o no. Si tienen más visibilidad.”

Las editoriales, esas grandes empresas que deciden, en parte, el destino de muchos escritores.

Llegan las dos últimas preguntas que no pueden faltar a nuestros escritores.

¿Qué leías de pequeña?

“Leí “Los Cinco” que era lo que se leía entonces. “Antoñita la Fantástica”, todo Agatha Christie, teníamos toda la colección en casa. Me colaba en la biblioteca de mi abuelo y leía otros libros que no acaba de entender, pero veía que había otras cosas. Con 15 años cambié mi forma de leer gracias a una profesora de literatura que era una apasionada de la lectura, la Montero.”

¿Y una merienda de tu infancia que recuerdes?

“El bocadillo de chorizo”, rememora Mónica entre risas. “Pero recuerdo la merienda de mi abuelo, el de la biblioteca. Le había dado una trombosis de la parte derecha y no podía hablar tampoco. Le gustaba mucho merendar, el tocinillo de cielo con Bitter Kas. Es la merienda más extraña que conozco.”

Y terminamos hablando de poesía, de Antonio García Teijeiro, nuestro anterior entrevistado, de las editoriales, del trabajo de escritor y de Gonzalo Moure, al que nos recomienda que debemos leer, sobre todo “Palabras de caramelo”, “Maito Panduro” y “Lili, libertad”.

Yo, no os voy engañar, me hubiese quedado toda la tarde hablando con ella. Tenía tanto que aprender de ella… Pero como buena escritora me llevó al paraíso de un escritor, a una pequeña librería, al lado de la cafetería, en la que tienen libros infantiles y juveniles de editoriales de América Latina. Una joya en pleno barrio de Cascorro.

La Fabulosa abrió sus puertas hace un año y medio. Ana Garralón, ya había trabajado en varias librerías, pero quería montar su propio negocio. Un lugar distinto, acogedor, familiar, lleno de aventuras nuevas por descubrir que no están en las grandes librerías. Y lo consiguió. De allí me llevé dos libros que me recomendó y con los que acertó: “Sobre ruedas” y “Estaba la rana” de la editorial Amanuta y me dejó con muchas ganas de volver.

Y, ya sí, tuvimos que dejar nuestra cita. Cada una debía seguir con sus cosas. Pero, quizás, algún día, vuelva a encontrarme con ella, a hablar y aprender sobre la profesión de escritor, sobre sus historias, a revivir a Daniel Kurka y pasear por la biblioteca de su abuelo.

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